Cierro los ojos y me parece estar viendo a
un Fidel Castro vigoroso, medianamente joven, con espejuelos de marco ancho y
binoculares en la mano, husmeando la marcha; esa es la imagen primera que viene
a mi memoria de las celebraciones por el Día Internacional de los Trabajadores
en Cuba.
Eran los años aquellos en que seguíamos sus
discursos larguísimos, siempre colofón del Desfile descomunal que presidía en
la Plaza de la Revolución José Martí de La Habana. Así crecimos.
