Mucho se ha escrito y se ha dicho de Fidel Castro en este mundo nuestro; yo, muy personalmente, me quedo con la sentencia profunda de Raúl Roa: “Fidel siente la hierba crecer y ve lo que está pasando al doblar de la esquina”.
Y es que fue un visionario; un hombre que no pertenecía
ya a este tiempo, un ser humano excepcional que definió joven su camino en la
vida y lo anduvo entero, sin miedos, sin arrepentimientos; escribiendo a su
paso el camino de otros muchos.
Alguna vez le escuché hablar de sí mismo, era una noche calurosa y estábamos reunidos en el Palacio de las Convenciones de La Habana un grupo diverso de estudiantes venezolanos y cubanos, fueron poco más de cuatro horas de encuentro en las que nadie parecía tener más energías que él mismo.


